En estos tiempos difíciles en los que se nos anima a ser emprendedores y se nos alienta al autoempleo eliminando la necesidad de contratación fija y fomentando la cotización a la Seguridad Social Pública, es casi imposible, sin embargo, poder montar un negocio. De hecho, la falta de ayudas y financiación y la casi inexistente prestación de orientación e información son trabas iniciales que, una vez resueltas por medios propios y no sin una meritoria imaginación y determinación, terminan enfrentándose con otra realidad difícil de digerir y casi imposible de superar: los gastos fijos que conlleva un negocio.
Y es que partiendo de cuotas de alquiler de bajos comerciales casi prohibitivas y gastos asociados a los servicios básicos y necesarios para la puesta en marcha de un negocio (teléfono, ADSL, datáfono, agua, electricidad, limpieza de escaparate, etc), hay que sumar los correspondientes impuestos y las pertinentes contribuciones mensuales al sistema de salud pública. Total, que haciendo números, cábalas y malabarismos uno/a puede sentirse bien orgulloso si consigue pagar cada mes la sangría de gastos que, implacables, te acompañan cada mes. Si encima consigues sacar un sueldo casi decente te sientes feliz, aunque no llegue al salario mínimo interprofesional, ya que el sistema se ha encargado de que desarrollemos un importante "Síndrome de Estocolmo" versión empresarial y nos conformemos felices con un: "al menos estoy trabajando".
En fin, que con la dificultad de mantener un negocio durante todo el año "como Dios manda" y con el inconveniente que conlleva que comercialices un producto estacional, últimamente ha proliferado una versión oportunista de las llamadas "Pop Up store" o tiendas palomita.
Este modelo de negocio -también llamado "Temporary Store" o "Comercialización Flash"- se caracteriza por su naturaleza efímera y su carácter ocasional y oportunista, en el mejor de los sentidos. Se trata de un tipo de negocio que se especializa en un producto estacional y que, por tanto, sólo permanece abierto el tiempo (tal vez dos meses) que dura la comercialización del producto escogido. Por ello, los espacios de este negocio efímero suelen estar tratados con una desbordante imaginación y orientados a un público target muy concreto.
Un mes antes de Navidad me alegró encontrar en mi cálida y desgastada ciudad varios negocios locales que habían abierto volviendo a dar vida a algunos bajos comerciales muy céntricos que la actual situación económica había empujado al cierre y al abandono. Paseaba por la Gran Vía, por ejemplo, y me entristecía ver la cantidad de locales vacíos con el temido y longevo "Se alquila" en sus desnudos paños acristalados. En esos momentos, al pasar junto a ellos, me lamentaba de que no existieran políticas locales o estatales que ayudaran a dar vida a los locales de las calles principales de las ciudades -sin duda más caros- y facilitaran su acceso a nuevos inquilinos comerciales. Por esta razón, el volver a ver abiertos estos locales me llenó de alegría. De hecho, y para mi satisfacción, se trataba de tiendas de juguetes que se llenaban de curiosos niños y adultos ante la inminente llegada de la Navidad. Parecía como si esta época jubilosa y familiar hubiera contagiado con su alegría el sentir ciudadano y mejorado la economía.
"Las cosas están cambiando" -me repetía-. No había duda.
Sin embargo, hace un par de días, volviendo a caminar por el centro de mi ciudad me tropecé con una fría y desoladora realidad: los mismos carteles de "Se alquila" que hace unos meses adornaban los desabrigados cristales de los escaparates y que habían sido eliminados ante la alegría y la fuerza de los juguetes, volvían a estar presentes en los cristales vacíos de las fachadas de las mismas tiendas. En el interior, tan solo un local vacío, desprovisto de objetos, de gente, de vida.
La visión idilica de la Navidad había traído de su mano la efímera realidad optimista de la recuperación económica y había dado paso a la consolidación de un nuevo modelo de negocio: las Pop Up Stores, es decir, los negocios caducos, temporales a modo de instalaciones artísticas o escenas teatrales donde la vida parece durar lo que dura una visión artística o la escenificación de una obra literaria, tal vez un sueño.
Por ello, cuando ahora paso por los escaparates de estas tiendas ya no siento tristeza alguna, he comprendido que la realidad ha cambiado y por tanto, también los modelos de negocio eficaces, posibles. Ahora, al pasar junto a los paños acristalados que muestran espacios interiores vacíos tan sólo espero la llegada de una nueva realidad efímera, de una nueva tienda que aparezca y desaparezca de acuerdo con las necesidades de los productos que demande la próxima y esperada primavera.








