Ayer, acudí a mi cita anual ineludible con el televisor y el programa de Eurovisión. No es que yo sea muy “Eurofan” pero siempre me produce cierta curiosidad conocer las canciones con las que concursan los países del resto de Europa y los espectáculos que se preparan con el único objetivo de impactar en una audiencia que ronda los cien millones de espectadores. Por lo demás, el de ayer parecía un programa eurovisivo más, es decir, vestimentas coloridas y curiosas, semi-diosas ajustadas de cabellos largos y maquillajes porcelánicos, solistas ataviados con trajes decimonónicos, grupos musicales divertidos y saltarines y países vecinos que se votan entre ellos. A este respecto, me veo en la obligación de subrayar la importancia de ser un país que cuente con muchos vecinos como las pequeñas naciones del Este de Europa, que ya se sabe que si sólo tienes un par de vecinos, como es nuestro caso y encima uno de ellos no te vota olvidándose de aquello de que “el roce hace el cariño”, la cosa no tiene ninguna pinta de acabar en podio. Y esto, muy a pesar del hecho de que próximamente legiones de españoles se desplazarán al vecino país luso para ser testigos de un partido de fútbol entre equipos patrios y que estos mismos visitantes –no votados en Eurovisión por los portugueses- se dejarán seguramente cantidades considerables de dinero en alojamiento y dietas varias allí.
En fin, al finalizar la gala eurovisiva con la reñida victoria de Conchita Wurst sobre los armenios y, debo admitir, una de mis canciones favoritas del festival, la balada country holandesa interpretada por una dulce pareja que parecía proceder de los años 60, se emitió un programa especial de Eurovisión en plan: “¿Qué nos ha pasado?”, “¿Por qué seguimos sin ganar?”, “nuestra actuación ha sido espectacular”, “el puesto diez es un puesto sensacional”…. En dicho programa, la presentadora solicitó a los presentes/comentaristas un titular del festival que acababa de terminar. Me sorprendió que todos ellos hicieran alusión a la calidad de las canciones o a la imagen transgresora de la ganadora: una figura femenina embutida en un vestido dorado con corte sirena -maquillaje, gloss y pendientes incluidos- a conjunto con una prominente barba oscura masculina de varios días -la tal Conchita Wurst-.
Ninguno de ellos, sin embargo, hizo mención alguna a lo que para mí fue una de las cosas más impactantes del festival: los sonoros abucheos que recibió la portavoz del jurado que emitía el voto ruso desde Moscú o los pitidos a los portavoces de cada país que otorgaba puntos a las gemelas que representaban a Rusia. ¡Pobres representantes rusas! Ellas intentando defender una preciosa balada con la dificultad añadida de desenredar sus largos cabellos, anudados a conciencia al inicio de la canción, e intentando no caerse de un balancín traicionero capitaneado por dos barras cilíndricas de metacrilato –preciosas, por cierto-, y los espectadores más interesados por hacerle saber a Putin y al Kremlin que no aprueban su actuación en el conflicto de Ucrania. Claro, así no se puede ganar un festival europeo de la canción de ninguna forma.
Y es que, como quedó demostrado ayer, la cultura, el arte y los premios, que a menudo se jactan de ser independientes de cualquier conflicto político, no pueden evitar verse contaminados por las largas manos de la política, codiciosas y complejas, y, en cualquier caso, omnipresentes.
De nada le sirvió a Rusia tener muchos vecinos y que le debieran favores algunos países continentales porque, como quedó demostrado ayer, si primero te encargas de cabrear a millones de europeos, es muy difícil que reunidos en un estadio o sentados frente a su televisor, se olviden del enfado por una noche y te voten. Y esto, muy a pesar de que te representen dos angelicales gemelas que, desde luego, lo hicieron lo mejor posible y defendieron una bonita canción que, sin embargo, no pudo verse libre de las consecuencias de las actuaciones políticas de su país de procedencia.
De nada le sirvió a Rusia tener muchos vecinos y que le debieran favores algunos países continentales porque, como quedó demostrado ayer, si primero te encargas de cabrear a millones de europeos, es muy difícil que reunidos en un estadio o sentados frente a su televisor, se olviden del enfado por una noche y te voten. Y esto, muy a pesar de que te representen dos angelicales gemelas que, desde luego, lo hicieron lo mejor posible y defendieron una bonita canción que, sin embargo, no pudo verse libre de las consecuencias de las actuaciones políticas de su país de procedencia.


