Tengo un sexto sentido: el de la
intuición eurovisiva. Con el paso de los años he llegado a conocer bien esta
pasajera habilidad mía. Su gran ventaja es que sobrepasa las fronteras nacionales
y se extiende a nivel europeo y su mayor inconveniente es que dura sólo unos
minutos. Por otro lado, mi don es caprichoso ya que sólo surge a finales del
mes de mayo y desaparece el resto del año, ahora eso sí, siempre viene
acompañado de vistosas banderas y más de veinte canciones con palabras a veces
ininteligibles, debido su origen inconcreto
y por lo general, situado alrededor de los
Balcanes y los Cárpatos.
No importa si en la escena
aparecen seis abuelas con trajes coloridos y un horno, sensuales afroditas
de largos cabellos, reconocibles versiones de Björk o Amy Winehouse o gemelos
albinos con trajes de superhéroe de cómic galáctico, el caso es que cada año me
sorprendo a mí misma adivinando el destino de los 12 codiciados puntos que cada
país destina a otro. ¿Los doce puntos de Rusia? Pues claro, a Bielorrusia, ¿Los
de Serbia? A Bosnia Herzegovina (por supuesto) y los de ¿Turquía? Pues a Azerbaiyán
(no faltaba más) que amigos un país puede tener muchos pero a los vecinos hay
que aguantarlos todos los días y conviene tenerlos contentos.
En fin, que en la noche
eurovisiva me vuelvo de intuitiva que
estoy por tener una quiniela cerca el año que viene, a ver si aprovecho la
ocasión antes de que me vuelva a desaparecer el don y los próximos festivales
de Eurovisión que seguro que serán en Riga, Baku, Kiev o Tallin (que estos países tienen muchos vecinos), me voy a verlos en directo.
