viernes, 29 de julio de 2011

1 kilo de naranjas

Sucedió hace unos días. Me dirigí a una oficina de una Caja de Ahorros para preguntar por las condiciones de la apertura de una nueva cuenta. El director de la oficina era un hombre de mediana edad, camisa de rayas coloreadas, pantalón de color beige y gafas gruesas colgando de un cuello que revelaba tímidamente su posición insertado en aquella camisa rayada. Tras sugerir amablemente que me sentara,  pasó a detallarme las innumerables ventajas de pasar a ser cliente de su entidad. Es increíble la cantidad de ventajas que puede darle la asignación de veinte dígitos a una chica rusa como yo (descuentos en tiendas, cobertura en seguros por robo, pérdida, etc).

El tono eufórico de la conversación cambió cuando le pedí amablemente al director de la entidad que me enumerara aquella parte oculta y desconocida que no suele verbalizarse en voz alta, cuando una persona decide abrirse una cuenta: la lista de comisiones. El gesto de aquel hombre de camisa a rayas cambió súbitamente y con semblante serio, trató de justificar los motivos que sostenían la insufrible lista de comisiones que detallaría después, que incluían comisiones por mantenimiento de cuenta, comisiones por transferencias, comisiones por pago de recibos, comisiones por mantenimiento de tarjeta de débito/crédito, comisiones por cancelación, etc. El director de la oficina empezó su argumento justificativo con tono serio y decidido:

"Mucha gente no entiende por qué las Cajas de Ahorros y Bancos cobramos comisiones pero yo siempre les digo lo mismo: es como si compraran 1 kilo de naranjas. Todo mundo sabe que en el precio se incluye las comisiones de la producción, el transporte, los intermediarios, el porcentaje del vendedor, etc. Aquí con las cuentas de ahorros/corrientes ocurre lo mismo, sólo que como la gente no se lleva las naranjas físicamente, no es capaz de verlo igual de claro. Como en todas las transacciones hay comisiones por el trabajo realizado por la gente que trabaja en los Bancos, la que tramita el pago de recibos, etc, sólo que aquí no van incluidas en el precio final  y las desglosamos en varios  conceptos."

Al escuchar sus palabras me quedé perpleja y sólo acerté a recordarle que según había leído en el periódico unos días antes, los bancos españoles eran los que más comisiones cobraban de toda Europa y que era Bruselas, la que iba a tomar cartas en este asunto de "las naranjas". Además me aventuré a recordarle que no podemos justificar sus desproporcionadas e indiscriminadas comisiones por tomar decisiones sobre nuestro propio dinero (transferencias, reintegros, etc). Si ellos obtienen inmensos beneficios,  es gracias al dinero que cada cliente deposita en su entidad,  dinero con el que los Bancos y Cajas de Ahorros comercian en bolsa en los mercados internacionales, obteniendo desmesuradas ganancias y del que, si somos afortunados, recibimos un miserable porcentaje en calidad de financiadores no reconocidos y bajo la denominación de "intereses generados por la cuenta", a razón de una cantidad  equivalente a varios euros. Creo que con esto, el trabajo de los bancos por tramitar el pago de nuestros recibos, etc está más que remunerado (millones de euros de ganancias) sin necesidad de encima, cobrarnos comisiones. A fin de cuentas, ¿qué sería de los bancos si no depositáramos dinero en ellos?

Tras espetarle amablemente estas palabras, decidí levantarme de aquella silla acolchada y abandonar algo indignada aquella entidad bancaria. Quizá a partir de ahora, cada vez que compre naranjas, me acordaré de las artimañas que se usan para justificar determinados despropósitos y que las propias entidades bancarias inconscientemente relacionan con la acidez de determinados cítricos.

miércoles, 13 de julio de 2011

Personas con estrella

A lo largo de toda mi vida he tenido la suerte de conocer a algunas personas impregnadas de una magia especial. Tanto en mi Rusia natal como en este país de rosas y gaviotas en continua pugna, existen personas absolutamente excepcionales. Lo curioso de estas personas es que ni ellas mismas reconocen el valor de su singularidad, tan sólo sienten una profunda frustración ante unas circunstancias externas que no les permiten crecer profesionalmente y  desarrollar su potencial creativo e intelectual. Se trata de invididuos que nacieron bajo la protección de una estrella lejana que se desvió de su trayectoria espacial, cautivada por el azul intenso que coloreaba la superficie de un planeta de piel y corazón líquido.

Del paso de aquella estrella sólo queda su huella en estas personas de naturaleza perseverante, creativa, trabajadora, soñadora y genuina. Se trata de estrellas, astros encerrados en piel humana, cuyo potencial se encuentra contenido por un contexto económico desfavorable que no les apoya ni favorece en su desarrollo profesional. Estas circunstancias minan la energía que desprenden estas "personas-estrella", disminuyen la intensidad de su luz deslumbrante y sin embargo, estas "personas-estrella" jamás se apagan, tan sólo olvidan de vez en cuando lo excepcionales que son.

Conozco a varias de estas personas, (a muy pocas de  hecho dada la singularidad de su naturaleza) y me entristece comprobar cómo hay días en los que olvidan lo excepcionales que son. Les escucho lamentarse de su condición de obligada pausa: "Si sólo tuviera una oportunidad, podría hacer algo extraordinario. Algo dentro de mí me dice que estoy destinado a hacer grandes cosas y sin embargo, ando perdido, sin rumbo, no sé cuál es mi lugar, sólo sé que ya debería haberlo encontrado".

Estoy segura de que estas "personas-estrella" encontrarán su sitio en este mundo y que desarrollarán grandes labores dentro de la sociedad pero sin duda alguna, lo mejor de estas personas es que son muy generosas sin saberlo, ya que su naturaleza excepcional mejora sin ni siquiera darse cuenta, la vida de quienes tenemos la suerte de tenerlos cerca y percibir la belleza de su singularidad.

martes, 19 de abril de 2011

La verdadera naturaleza de las cosas complicadas

Las chicas rusas no somos personas complicadas. Adoramos las cosas simples despojadas de complicaciones gratuitas y superfluas. Nos ha costado mucho tiempo darnos cuenta de que existe una gran verdad siempre presente, tanto en las pobladas calles moscovitas como en  los gélidos desiertos de polvo azul: somos las propias personas las que tendemos a complicar la naturaleza sencilla de las cosas.
En ocasiones, cuando enfrentábamos una circunstancia sencilla en apariencia, tratábamos desesperadamente de analizarla en búsqueda de la supuesta complejidad que se escondía tras ella. A veces, este agotador estudio nos revelaba una condición encantadoramente complicada tras su apariencia sencilla,  resultado de una organización armoniosa de múltiples particularidades. En otras ocasiones sin embargo, la búsqueda incansable marcada por agotadores esfuerzos y tiempo irrecuperable, no daba ningún fruto: se trataba de un hecho simple que no escondía nada detrás y era esta misma sencillez la que le otorgaba una belleza sublime. La capacidad de discernir sobre cuando una circunstancia era simple por naturaleza o escondía una complejidad a la espera de ser descubierta, se convirtió en una tarea casi obsesiva para una chica rusa como yo.
Finalmente una noche de luna amarilla caminando por San Petersburgo tomé una decisión: estaría muy atenta a los detalles porque las cosas verdaderamente complicadas no pueden esconder su naturaleza bajo el disfraz de la absoluta sencillez, ya que sus pies complejos, sus manos difíciles y sus orejas puntiagudas, siempre terminan por asomar entre las costuras del disfraz de la completa simplicidad.
Fue durante ese mismo paseo vespertino en San Petersburgo, cuando además me di cuenta de otra gran certeza: algunas personas tienen la capacidad de simplificar las cosas innecesariamente complicadas y mostrarlas ante nosotros de una forma tan suave y agradable, que tratar con estas circunstancias se convierte en un acto amable que nos fortalece. Es entonces cuando entendemos por fin, que las cosas pueden ser reconfortantemente sencillas y suspiramos aliviados mientras nos preguntamos cómo podíamos vivir sin estar rodeados de las personas que nos hacen un gran regalo: nos facilitan la vida.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Las chicas rusas toman té rojo

A las chicas rusas nos gusta el té rojo, ni el archiconocido y revitalizante té verde, ni el aristocrático y enigmático té blanco. A nosotras nos gusta el té rojo porque amamos la fuerza inconfundible de su sabor nostálgico y el maravilloso color óxido de su cuerpo líquido cuando se mezcla con las proporciones exactas de azúcar y limón. Ninguna otra bebida es capaz de adoptar esa cautivadora tonalidad rojiza que adoramos.
Las chicas rusas no tomamos té rojo todos los días sino que lo reservamos para ocasiones especiales como las sobremesas apasionadas tras copiosas  comidas con buenos camaradas, las prometedoras tardes junto a eternos exploradores acompañadas de delicioso bizcocho de manzana y las optimistas conversaciones con sabios y experimentados capitanes de barco que sin embargo, se decantan por el té verde.
A las chicas rusas nos gusta el té rojo con azúcar y limón. Para los puristas y entendidos en materia de té, lo de enturbiar el té con gotas de limón, resulta una abominación semejante a la considerada por los defensores férreos de la pureza del cacao cuando tomamos chocolate con leche o chocolate blanco, despojando así al cacao de parte de su identidad castiza. En cualquier caso, a las chicas rusas no nos preocupa la necesidad de la conservación intacta del alma del té, ya que preferimoss deleitarnos con la exquisita degustación de este manjar de color óxido y cuerpo líquido. Nosotras adoramos el té porque es una bebida que se nos suministra separada en diversos y selectos ingredientes que hemos de mezcclar y preparar para conseguir la exquisitez definitiva.
Por un lado el agua caliente, cuya temperatura elevada recuerda al interior de las estufas de carbón con las que soportamos las gélidas temperaturas invernales en Rusia. Por otro lado la bolsita de té rojo, cápsula de fina tela pulcra, que encierra la esencia del dios rojo del té desmenuzada en finas hojas secas. Por último, medio limón cuyo cuerpo tierno y carnoso nos mira descarado sobre el plato de porcelana gruesa donde también descansan dos sobres de oro blanco dulce triturado y una menuda y perezosa cuchara de acero. Y es entonces cuando comienza el  ritual consistente en la mezcla de ingredientes de la que se obtendrá la esperada y exquisita degustación de té rojo...

sábado, 22 de enero de 2011

Las tres fases de los recuerdos

Siempre he creído que el pasado se nos revela de manera curiosa. Los recuerdos reconstruyen  nuestras historias barnizándolas de almíbar y presentándolas ante nosotros bajo la bandera de que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.
Los recuerdos, caprichosos e indomables, se cuelan en nuestra sistemática rutina y en  nuestras reparadoras fases de descanso nocturno.  Así, se escapan de entre las teclas de un ordenador, se introducen por una ventana mal cerrada, se escapan de entre los hilos de algodón de una suave almohada de plumas atrapadas.
De naturaleza incontrolable e inquieta, los recuerdos se organizan en tres fases sucesivas cuya fuerza gana consistencia con el paso del tiempo.
En el mismo momento en el que una vivencia termina, nace un nuevo recuerdo y da comienzo la primera fase. En esta etapa inicial, nos sobrecoge una desconocida sensación de plenitud: la vivencia ha sido completada. La satisfacción nos llena de aire los pulmones y nos hace inspirar profundamente. Por un instante, podemos asegurar que todo ha terminado de la manera correcta y ese hecho, nos aporta una efímera pero reparadora felicidad.
Concluida esta primera etapa, se pone en marcha la segunda fase en la que la implacable duda hace acto de presencia. Es entonces cuando empezamos a preguntarnos: "¿Lo hice bien?", "¿Debí continuar?", "¿Me equivoqué?". La incertidumbre es desoladora y punzante como una navaja afilada. Nos crea un estado de nervios que aunque de baja intensidad, a la larga suele ser  letal. La duda ahuyenta el descanso nocturno y asusta al bienestar mandándolo bien lejos.
En la última etapa de los recuerdos, la nostalgia es la absoluta protagonista.  Definitivamente es la etapa más dura pues la nostalgia actúa de manera intencionada y precisa, convirtiendo cualquier tiempo pasado en un momento preferible al actual y hechizando los recuerdos hasta convertirlos en llamativas piedras preciosas. Así, los momentos vividos son despojados de la parte negativa que los impregnaba y tan sólo queda de ellos la porción bella y deseable. Esto hace que nos invada impunemente la tristeza y nazca en nosotros una dolorosa sensación de pérdida que parece no poder encontrar consuelo posible en la actualidad.
Cada vez que llego a la tercera fase de un recuerdo, hago verdaderos esfuerzos por abatir la nostalgia y considerarme afortunada, a fin de cuentas, sólo se trata de un recurso de nuestra mente para que recordemos únicamente lo bueno de los momentos vividos y así,  podamos mirar siempre hacia delante y sobrevivir.

domingo, 9 de enero de 2011

Con olor a chocolate

 ‎...Hace un par de días paseando por una concurrida calle del centro de Murcia, un escaparate captó mi atención. Mostraba un grupo de muñecas de piel morena cuya principal característica era su olor a chocolate. Mira que he visto muñecas de variadas formas y modelos que son capaces de cocinar, llorar, reír o imitar sonidos, pero es la primera vez que veo una muñeca destinada a despertar el olfato con un aroma conectado al tono de piel de la muñeca portadora. Me pregunto si también dispondrán de muñecas con olor a canela y vanilla o a limón dependiendo de las procedencias de las muñecas (caucásicas, asiáticas, etc) o lo que se pretende simplemente, es que a las receptoras de las muñecas se les despierte el apetito y terminen hincándoles el diente. Desgraciadamente no pude comprobar si lo del olor a chocolate que desprendían las muñecas era cierto o no, ya que el grueso cristal de seguridad del escaparate nos separaba haciendo imposible cualquier transmisión de perfume por dulce y bueno que éste pudiera ser. No descarto sin embargo, visitar un día aquella tienda en horario comercial, entrar y acercarme a este grupo de muñecas de piel morena. Siento mucha curiosidad por el aroma a chocolate que presumen desprender. Pese a lo embriagador del denso perfume del buen chocolate, creo firmemente que sigo prefiriendo el de toda la vida, ese que puedo encontrar en tabletas, a la taza, en bombones o reducido a polvo para el desayuno, ya que estas versiones de chocolate pueden además ser saboreadas pese a su tosco aspecto,  aunque no posean la mirada dulce, los llamativos trajes y la sonrisa tierna de estas curiosas muñecas de piel tostada.