...Hace un par de días paseando por una concurrida calle del centro de Murcia, un escaparate captó mi atención. Mostraba un grupo de muñecas de piel morena cuya principal característica era su olor a chocolate. Mira que he visto muñecas de variadas formas y modelos que son capaces de cocinar, llorar, reír o imitar sonidos, pero es la primera vez que veo una muñeca destinada a despertar el olfato con un aroma conectado al tono de piel de la muñeca portadora. Me pregunto si también dispondrán de muñecas con olor a canela y vanilla o a limón dependiendo de las procedencias de las muñecas (caucásicas, asiáticas, etc) o lo que se pretende simplemente, es que a las receptoras de las muñecas se les despierte el apetito y terminen hincándoles el diente. Desgraciadamente no pude comprobar si lo del olor a chocolate que desprendían las muñecas era cierto o no, ya que el grueso cristal de seguridad del escaparate nos separaba haciendo imposible cualquier transmisión de perfume por dulce y bueno que éste pudiera ser. No descarto sin embargo, visitar un día aquella tienda en horario comercial, entrar y acercarme a este grupo de muñecas de piel morena. Siento mucha curiosidad por el aroma a chocolate que presumen desprender. Pese a lo embriagador del denso perfume del buen chocolate, creo firmemente que sigo prefiriendo el de toda la vida, ese que puedo encontrar en tabletas, a la taza, en bombones o reducido a polvo para el desayuno, ya que estas versiones de chocolate pueden además ser saboreadas pese a su tosco aspecto, aunque no posean la mirada dulce, los llamativos trajes y la sonrisa tierna de estas curiosas muñecas de piel tostada.

El chocolate es una medicina un repulsivo de desencantos, un desactivador de la represión. El chocolate se derrite en la boca y con él se derriten también los deseos apiñados en una bola de impaciencia que constriñen nuestra lengua y la pega al paladar por efecto centrífugo, pues cuando se desea algo uno no para de darle vueltas y vueltas a eso que se desea y, así, el deseo, armándose caballero de la razón la convierte en su vasalla y la abraza en una gravitatoria espiral antes de arrojarla por el sumidero .
ResponderEliminarSólo el chocolate despoja el deseo de su afilada espada fundiendo su acero amargamente o dulcemente, según la concentración de cacao.
Sólo el chocolate es capaz de empañar la refulgente armadura del legítimo caballero con una neblina marrón que eclipsa el sol más ardiente, el amor más despiadado, el placer más sublime.
Y así, adormecidos en un dulce o amargo ronroneo, satisfacemos nuestro espíritu, embadurnamos nuestra lengua y espesamos la sangre hasta convertirnos en muñecos de chocolate expuestos en una vitrina en tembloroso equilibrio sobre un pedestal hecho a medida.
Es lo que veo yo al ver esos muñecos: a mí misma.