miércoles, 2 de febrero de 2011

Las chicas rusas toman té rojo

A las chicas rusas nos gusta el té rojo, ni el archiconocido y revitalizante té verde, ni el aristocrático y enigmático té blanco. A nosotras nos gusta el té rojo porque amamos la fuerza inconfundible de su sabor nostálgico y el maravilloso color óxido de su cuerpo líquido cuando se mezcla con las proporciones exactas de azúcar y limón. Ninguna otra bebida es capaz de adoptar esa cautivadora tonalidad rojiza que adoramos.
Las chicas rusas no tomamos té rojo todos los días sino que lo reservamos para ocasiones especiales como las sobremesas apasionadas tras copiosas  comidas con buenos camaradas, las prometedoras tardes junto a eternos exploradores acompañadas de delicioso bizcocho de manzana y las optimistas conversaciones con sabios y experimentados capitanes de barco que sin embargo, se decantan por el té verde.
A las chicas rusas nos gusta el té rojo con azúcar y limón. Para los puristas y entendidos en materia de té, lo de enturbiar el té con gotas de limón, resulta una abominación semejante a la considerada por los defensores férreos de la pureza del cacao cuando tomamos chocolate con leche o chocolate blanco, despojando así al cacao de parte de su identidad castiza. En cualquier caso, a las chicas rusas no nos preocupa la necesidad de la conservación intacta del alma del té, ya que preferimoss deleitarnos con la exquisita degustación de este manjar de color óxido y cuerpo líquido. Nosotras adoramos el té porque es una bebida que se nos suministra separada en diversos y selectos ingredientes que hemos de mezcclar y preparar para conseguir la exquisitez definitiva.
Por un lado el agua caliente, cuya temperatura elevada recuerda al interior de las estufas de carbón con las que soportamos las gélidas temperaturas invernales en Rusia. Por otro lado la bolsita de té rojo, cápsula de fina tela pulcra, que encierra la esencia del dios rojo del té desmenuzada en finas hojas secas. Por último, medio limón cuyo cuerpo tierno y carnoso nos mira descarado sobre el plato de porcelana gruesa donde también descansan dos sobres de oro blanco dulce triturado y una menuda y perezosa cuchara de acero. Y es entonces cuando comienza el  ritual consistente en la mezcla de ingredientes de la que se obtendrá la esperada y exquisita degustación de té rojo...