sábado, 22 de enero de 2011

Las tres fases de los recuerdos

Siempre he creído que el pasado se nos revela de manera curiosa. Los recuerdos reconstruyen  nuestras historias barnizándolas de almíbar y presentándolas ante nosotros bajo la bandera de que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.
Los recuerdos, caprichosos e indomables, se cuelan en nuestra sistemática rutina y en  nuestras reparadoras fases de descanso nocturno.  Así, se escapan de entre las teclas de un ordenador, se introducen por una ventana mal cerrada, se escapan de entre los hilos de algodón de una suave almohada de plumas atrapadas.
De naturaleza incontrolable e inquieta, los recuerdos se organizan en tres fases sucesivas cuya fuerza gana consistencia con el paso del tiempo.
En el mismo momento en el que una vivencia termina, nace un nuevo recuerdo y da comienzo la primera fase. En esta etapa inicial, nos sobrecoge una desconocida sensación de plenitud: la vivencia ha sido completada. La satisfacción nos llena de aire los pulmones y nos hace inspirar profundamente. Por un instante, podemos asegurar que todo ha terminado de la manera correcta y ese hecho, nos aporta una efímera pero reparadora felicidad.
Concluida esta primera etapa, se pone en marcha la segunda fase en la que la implacable duda hace acto de presencia. Es entonces cuando empezamos a preguntarnos: "¿Lo hice bien?", "¿Debí continuar?", "¿Me equivoqué?". La incertidumbre es desoladora y punzante como una navaja afilada. Nos crea un estado de nervios que aunque de baja intensidad, a la larga suele ser  letal. La duda ahuyenta el descanso nocturno y asusta al bienestar mandándolo bien lejos.
En la última etapa de los recuerdos, la nostalgia es la absoluta protagonista.  Definitivamente es la etapa más dura pues la nostalgia actúa de manera intencionada y precisa, convirtiendo cualquier tiempo pasado en un momento preferible al actual y hechizando los recuerdos hasta convertirlos en llamativas piedras preciosas. Así, los momentos vividos son despojados de la parte negativa que los impregnaba y tan sólo queda de ellos la porción bella y deseable. Esto hace que nos invada impunemente la tristeza y nazca en nosotros una dolorosa sensación de pérdida que parece no poder encontrar consuelo posible en la actualidad.
Cada vez que llego a la tercera fase de un recuerdo, hago verdaderos esfuerzos por abatir la nostalgia y considerarme afortunada, a fin de cuentas, sólo se trata de un recurso de nuestra mente para que recordemos únicamente lo bueno de los momentos vividos y así,  podamos mirar siempre hacia delante y sobrevivir.

domingo, 9 de enero de 2011

Con olor a chocolate

 ‎...Hace un par de días paseando por una concurrida calle del centro de Murcia, un escaparate captó mi atención. Mostraba un grupo de muñecas de piel morena cuya principal característica era su olor a chocolate. Mira que he visto muñecas de variadas formas y modelos que son capaces de cocinar, llorar, reír o imitar sonidos, pero es la primera vez que veo una muñeca destinada a despertar el olfato con un aroma conectado al tono de piel de la muñeca portadora. Me pregunto si también dispondrán de muñecas con olor a canela y vanilla o a limón dependiendo de las procedencias de las muñecas (caucásicas, asiáticas, etc) o lo que se pretende simplemente, es que a las receptoras de las muñecas se les despierte el apetito y terminen hincándoles el diente. Desgraciadamente no pude comprobar si lo del olor a chocolate que desprendían las muñecas era cierto o no, ya que el grueso cristal de seguridad del escaparate nos separaba haciendo imposible cualquier transmisión de perfume por dulce y bueno que éste pudiera ser. No descarto sin embargo, visitar un día aquella tienda en horario comercial, entrar y acercarme a este grupo de muñecas de piel morena. Siento mucha curiosidad por el aroma a chocolate que presumen desprender. Pese a lo embriagador del denso perfume del buen chocolate, creo firmemente que sigo prefiriendo el de toda la vida, ese que puedo encontrar en tabletas, a la taza, en bombones o reducido a polvo para el desayuno, ya que estas versiones de chocolate pueden además ser saboreadas pese a su tosco aspecto,  aunque no posean la mirada dulce, los llamativos trajes y la sonrisa tierna de estas curiosas muñecas de piel tostada.

martes, 28 de diciembre de 2010

Coexistencia viaria

Hola a todos y bienvenidos a mi blog. Poco importa mi nombre y procedencia, digamos que soy una chica rusa que habita en este país de contradicciones, situado entre el cálido Mare nostrum y el inmenso océano azul que separa la políglota Europa de la bipolar América. 
En un principio dudaba de la manera más idónea de comenzar este blog (qué tema sería el más acertado, qué entrada sería la más adecuada...)  pero ya que este espacio tiene la intención de ser una especie de cuaderno de bitácora personal, he decidido que debía comenzar con la primera imagen curiosa con la que me hubiera encontrado en el día de hoy. No es la primera vez sin embargo, que mis retinas tropiezan con esta imagen de una torre de electricidad situada en mitad de una vía de tráfico rodado. Siempre me ha parecido una imagen bastante curiosa. La primera vez que vi esta esbelta torre de electricidad, no pude evitar esbozar una sonrisa al observar cómo un coche la esquivaba de forma segura y experta. El vehículo estaba habituado a sortear ese gigante metálico de arterias de cobre electrificado. Al observar esto, empecé a preguntarme el orden de los acontecimientos que habían dado lugar a la ubicación de esta torre de electricidad en medio de una lengua de asfalto. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Se asfaltaría primero la carretera para posteriormente pinchar sobre ella la torre eléctrica o por el contrario, el trazado de la calle habría sido posterior a la colocación allí de la torre? ¿Se trataría de un error de cálculo de algún programa informático utilizado para el diseño y trazado de infraestructuras?¿Representa este lugar la disputa no finalizada entre un ingeniero de obras públicas y un ingeniero industrial eléctrico? A veces poco importan las razones que produjeron algunos hechos puesto que el tiempo se encarga intencionadamente de ocultarlas. En ocasiones tan solo cuentan los hechos y los motivos se olvidan. No importa qué fue antes, si el huevo o la gallina, si la torre o la carretera. Este rincón en la dehesa demuestra que la convivencia entre especies es definitivamente algo posible.