En ocasiones, me doy cuenta de lo afortunada que soy por tratar con niños ya que, asentada en la edad adulta, muchas veces una olvida la inocencia y la fantasía que se desprende de la imaginación de un niño. Por eso, cuando me convierto en parte inesperada de una escena protagonizada por un niño no puedo sentirme más feliz, ya que lo fascinante de la situación siempre me sorprende y me emociona a partes iguales cambiando por minutos mi perspectiva del mundo y dibujando una sonrisa en mi rostro que tarda días en desaparecer.
La última de estas secuencias tuvo lugar hace unos días cuando, entrando en un baño público, sorprendí a una niña pequeña que se asomaba de puntillas a uno de los lavabos de porcelana blanca de aquel baño con cara de angustia y preocupación.
-"¿Estás bien?" - le pregunté curiosa, a lo que la niña asintió y siguió ensimismada apoyada sobre sus manos y contemplando el sumidero de aquel lavabo prefabricado con la misma preocupación en la mirada.
-"¿Seguro?"- volví a preguntarle mientras me acercaba a contemplar curiosa aquel sumidero metálico objeto de su angustia y observación.
Fue entonces cuando la niña se giró hacia mí y, desvelando su incompleta dentadura por la zona frontal, me dijo mientras el aire se escapaba descontroladamente por el hueco de su diente perdido:
-"Me he asomado a echarme agua porque se me movía un diente y se me ha caído por el desagüe"-
- "Vaya" - respondí sorprendida y preocupada por el tamaño del vacío frontal que destacaba en la dentadura superior de la niña - "Es la primera vez que alguien me dice algo así. ¿Te duele? ¿Estás bien?"- le pregunté.
Mientras, en mi intento de ser empática, por mi cabeza se cruzaban mil pensamientos sobre el inesperado incidente. ¿Cuánto tardaría en volver a crecer un nuevo diente y la niña tendría aquel hueco tan evidente en la dentadura? ¿Cómo afectaría a sus relaciones sociales con los demás niños esa pérdida dental tal visible? ¿Tendría problemas para pronunciar bien las palabras en ausencia de tan importante pieza en su dentadura?
Fue entonces cuando decidí que debía transmitirle la seguridad y calma que se supone que los adultos saben trasladar a los niños tras los años de experiencia acumulada y le dije:
-"No te preocupes, ya verás como un nuevo diente vuelve a salir pronto y ya no tendrás ese agujero. Además, estás muy guapa de todas formas"
La niña me miró extrañada como si no entendiera ni una palabra de lo que yo estaba diciendo y, con el ceño fruncido, me preguntó:
-"Ya, bueno....lo que de verdad me preocupa es.....¿Crees que el Ratoncito Pérez encontrará mi diente en la tubería?"
Me dejó sin palabras.
Habría esperado cualquier otra preocupación de la niña relativa a la percepción estética, a la dificultad de pronunciación o las posibles consecuencias en sus relaciones sociales con otros niños pero.....¿el Ratoncito Pérez? En aquel instante, no supe reaccionar ágilmente pero para cuando me quise dar cuenta, una sonrisa inesperada se dibujaba en mi cara, sorprendida y tierna, protectora y maternal.
-"Claro!" - le contesté sonriendo- "No te preocupes, todas las tuberías están conectadas y como el Ratoncito Pérez es muy pequeño llega a todos sitios, incluso a las tuberías".
-"¡Menos mal!" - me dijo la niña suspirando, a lo que añadió una sonrisa agradecida y se alejó dando pequeños saltitos con sus bailarinas de color café.
Y se sucedió uno de esos momentos en los que doy gracias porque algún niño me recuerde las cosas importantes que la madura rutina diaria hace que olvide: los pequeños momentos cargados de una poderosa imaginación que provoca que nos olvidemos de las posibles consecuencias negativas de los incidentes e imprevistos y que nos devuelve a un mundo donde la magia es capaz de resolver los más inesperados conflictos.



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